Cambiando de tercio

Es un hecho conocido por todos que escribir es una tarea de constancia y paciencia, de toparse muchas veces con la pared antes de encontrar una puerta adecuada.

Yo llevo en esto de darle a la tecla ya un buen puñado de años y he visto de (casi) todo. He conocido autores que escriben toda la trama en un papel antes de sentarse a escribir; escritores que se lanzan a ver que sale desde que el sutil amago de una idea aparece en el horizonte; autores que se meten en mil proyectos al mismo tiempo y, sorprendentemente, todos salen adelante.

maquina-de-escribirEs de esto último de lo que quiero hablar. Yo soy incapaz de hacerlo. Cuando me enfrasco en una novela, dado que tengo poco tiempo para escribir, debo dedicarme en cuerpo y alma a ella a fin de avanzar y poder echar páginas para atrás. De no hacerlo así, temo que cada uno de esos proyectos, presentes y futuros, acabe atascado y abandonado por pura dejadez.

Por supuesto, esto tiene sus pros y sus contras. Aunque no voy a mencionarlos todos aquí, hay un “contra” que quiero mencionar: las ideas se apelotonan. Así es. Por mucho que las escriba en un papel, en un fichero informático llamado “Ideas literarias” (esto es cierto), no pueden dejar de dar el coñazo hasta que, al menos, esbozo algunas líneas sobre ellas.

A pesar de esto, casi nunca me desvían de mi proyecto en curso. Se me ocurre una idea, la escupo en un par de líneas y regreso, cual marido avergonzado por una infidelidad, al lecho conyugal, calentito y seguro.

Pero ¿qué pasa cuando el lecho ese vuelve frío, estéril y de espinas puntiagudas?

En ocasiones, el texto en cuestión resulta duro, o me encuentro en un momento delicado, atascado o con severas dificultades para avanzar (por mil millones de motivos que no vale la pena desglosar). Es en esos casos cuando la carpeta de Ideas Literarias cobra valor, se enciende como una llama en mi cabeza y apenas me deja pensar.

Me ha ocurrido pocas veces y, casi siempre, regreso tras unos pocos días de desconcierto a los brazos de mi WIP (work in progress).

Pero hoy no es ese día.

Enfrascado en la redacción de U’rkoan, el que será (en teoría) último libro de La senda del destino, he llegado a uno de esos puntos chungos. Tras un buen puñado de días infrutuosos en los que apenas lograba avanzar un par de líneas por sesión, vino a mi mente una de las susodichas ideas relegadas al cajón.

Sin pensarlo bien, como sucede con todas las infidelidades, ataqué el folio en blanco con ella. Así, a lo loco, sin orden ni concierto, sin pararme a meditar un segundo sobre la trama o los personajes. Brújula como soy, esto no es nuevo para mí.

Y lo hice con una gran sonrisa en el rostro.

Por supuesto, esto no  funcionó durante mucho tiempo. Enseguida me di cuenta de quetaller2 esa nueva novela necesitaba planificación, ser un poco menos brújula y un poco más mapa si no quería que se convirtiera en un batiburrillo de palabras y escenas deslavazadas. Eso me obligó a parar de nuevo, a coger una libreta y un boli y a hacer lo que casi nunca hago: planificar.

Ahora estaba parado de verdad, atascado en mis dos novelas, en mis dos ideas, mis proyectos. ¿Verdad?

Aún así, por pura cabezonería (o hábito, más bien), un día volvía a abrir el fichero de U’rkoan. ¿Qué pasó? Que las palabras fluyeron de nuevo. Las compuertas habían vuelto a abrirse. No en plan presa tras unas lluvias torrenciales, sino más bien como el grifo que deja pasar un poco de agua para irrigar los campos, pero lo importante era que estaban ahí. Salían. Y tenían sentido. Encajaban. Hacían avanzar la historia y a los personajes.

Había vuelto, y lo mejor es que con ello he superado una barrera mental que ni siquiera era consciente de tener. Siempre había pensado que hasta que no terminara La senda del destino no debía enfrascarme en otras historias (lo había intentado antes, sin éxito), pero debo de haber madurado como escritor, y quizás también como persona, porque ahora veo las cosas de otra forma.

Cambiar de tercio, coger aire, afrontar los problemas desde otro punto de vista, es bueno a veces, sobre todo cuando parece no haber salida.

Siempre la hay.

Lo importante es seguir adelante, no perder la sonrisa y conservar la esperanza en que sabemos lo que estamos haciendo.

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