Cuando empecé en esto de la literatura siempre tuve ganas de que me leyeran. Digamos que sentía esa especie de exhibicionismo masoquista que me llevaba a ir dando a todo el mundo a leer mis textos (ya fueran poemas, relatos o cualquier chorrada super profunda e inspirada). Pero llegó un momento, cuando empecé a ver que quizás podía dedicarme algo más en serio al asunto, en el que empecé a guardar con más celo mis escritos.

Había nacido en mí una especie de miedo al plagio difícil de explicar. Las redes sociales y los blogs empezaban a proliferar y empezaba a encontrarme casos de otros aficionados que veian sus textos copiados sin piedad en foros de todo tipo. Por otro lado, cuando empecé a darle importancia a lo que escribía, empezó la vergüenza de pensar si seríatimidez-verguenza suficientemente bueno o no como para compartirlo.

Por estos dos motivos, cuando empecé a escribir la que sería mi primera novela, La sombra de Pranthas, apenas le dije nada a nadie y, cuando la terminé, sólo las personas más cercanas a mí la leyeron, como mi madre o mi hermano. Fueron mis primeros conatos de lector cero. Enseguida me di cuenta de que mi madre no servía para lo que necesitaba, que siempre tendía a justificar mis errores o meteduras de pata. Mi hermano fue un poco más crítico, afortunadamente.

Pero fue con La tierra negra cuando decidí ir más allá. Por ese entonces ya tenía algunos amigos y lectores que seguían con interés las aventuras de Árgoht y me insistían en que sacara ya el nuevo libro. Escogí a cuatro de cuyas opiniones me fiaba a ciegas y les entregué el manuscrito. Fue un gran paso, porque era la primera vez que ofrecía un texto a alguien ajeno a mi entorno seguro, con todos los riesgos que eso supone. Yo sabía que ellos, no sólo no iban a piratear mi trabajo, sino que serían capaces de hacer una crítica constructiva y fiable sobre la novela. Además, al ser varios, me aseguraba visiones diferentes (a veces divergentes) sobre ella. Durante semanas esperé con una mezcla de temor y ansia sus valoraciones y, aunque sólo dos de ellos lograron terminar, debido a sus múltiples ocupaciones, las opiniones vertidas sobre el manuscrito resultaron de vital importancia para que el resultado final fuera redondo.

Con mi más reciente trabajo, Adalid, no me lo pensé ni un instante, aunque esta vez sólo entregué el texto a tres personas. De nuevo, cada uno encontró fallos y ofreció sugerencias, no sólo que a mí se me habían pasado por alto, sino que llegaban a enriquecer la novela y la experiencia lectora.

Así pues, si tienes intención de publicar algo, o de empezar a mover un texto por editoriales, te recomiendo encarecidamente que primero lo repartas entre un buen puñado de lectores cero. Te puedes llevar más de una sorpresa.

Pero, ¿cómo elegir a un amigo como lector cero?

Esa es la gran pregunta. En mi caso, como ya dije, busqué personas cercanas a mí, con gustos afines y a las que consideraba, no sólo de fiar, sino con suficiente criterio como para que sus opiniones fueran sensatas y meditadas.

Debes tener suficente confianza en esa persona como para aceptar críticas negativas, pues estas son las que más y mejor harán crecer tu novela. Yo, que he sido lector cero alguna vez, me disculpo de antemano por lo que voy a hacer. Y es que el lector cero tiene ahora-me-enfadoque ser duro, implacable e, incluso, un poco cruel. Sin embargo, esto no quita que, cuando una frase, fragmento o capítulo me guste especialmente o el autor ha demostrado una especial insipiración, también le deje comentarios elogiosos. Como escritor, no debes enfadarte por los comentarios de tus lectores cero. Da siempre por sentado que te los hace con intención de ayudar.

Lo importante del lector cero es que no deje que la relación que le une con el escritor perturbe su criterio. Parece extremista, pero al final, cuando el libro esté en las estanterías y lectores ajenos dediquen su tiempo a leer la novela, todo eso habrá valido la pena. Saber que la obra está lo más pulida posible, sin fallos de continuidad o de coherencia, de una tranquilidad difícil de explicar. En cambio, que un lector detecte un error o un disparate, puede tirar a la basura todo el trabajo dedicado a la novela. Sólo uno, un fallo, puede echarlo todo por tierra.

Acojona, ¿verdad? Pero es que es la pura realidad.

Si tienes intención de tomarte esto de escribir en serio, ve pensando en varios amigos a los que puedas usar como lector cero. No te arrepentirás y tus lectores finales, los que van a pagar por comprar tu libro, te lo agradecerán.

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