El estímulo creativo (o cómo cortarle la mano a tu protagonista y quedarte mirando qué pasa)

Imagina que tienes un personaje de esos redondos: guapo, fuerte, diestro con el arma, fiel, leal… Es de esos personajes que en fantasía te llenan los capítulos casi con su mera presencia. Aunque no es el mejor espadachín del mundo, lo parece, y encima es ambiguo moralmente, lo que lo hace más atractivo aún. No voy a decir el nombre ni su autor (aunque podemos llamarlo Jorge Martínez ;)) para no hacer spoiler, pero es un caso real de un personaje muy conocido.

Pues bien, ¿qué hacemos con este personaje cuasiperfecto, al que nadie puede vencer, desde el capítulo uno? Si nada más empezar la historia ya es la bomba, ¿cómo desarrollo su historia y su carácter? Si, como es habitual en fantasía, el libro de Jorge Martínez es el primero o segundo de una serie, va a necesitar margen para el desarrollo si no quiere que se convierta en un personaje plano y frío al que el lector desprecie a las primeras de cambio.

El bueno de Jorge hace algo que nos deja a todos patidifusos: le corta la mano buena a su fichaje estrella, a su crack, a través de un grupo de bandidos que consiguen capturarlo.

Me imagino a Jorge ante la pantalla de su ordenador partiéndose la caja pensando en qué va a hacer ahora su superguerrero y diciéndole cosas como: “¿Y ahora qué, espabilao?”.

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Este ejemplo me sirve para tratar un tema espinoso al que seguramente todos los escritores se han enfrentado alguna vez: que un personaje se te vaya de las manos.

Es sabido que cuando un escritor se sienta a escribir (ya sea brújula en mano o por la segura senda trazada por un mapa) no sabe qué va a ocurrir en su página con absoluta certeza. Sólo puede dejar correr los dedos por el teclado y rezar porque nada se tuerza o que a un personaje le de por embarcarse rumbo al nuevo mundo en vez de quedarse para defender su tierra en la batalla final que tiene entre manos. Y es que a veces nos encontramos con personajes cuyo desarrollo nos ha llevado a un punto muerto: es demasiado perfecto, demasiado malo o, sencillamente, se ha salido de la trama. ¿Qué hacemos con él?

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La alternativa más habitual es cortarle el cuello, por la espalda y a traición. A veces cuela y a veces no. Si viste la serie House puedes recordar la muerte absurda del Dr. Kutner sólo como excusa para abandonar la serie. Esto es algo parecido. En muchas ocasiones, la muerte de un personaje apesta a que el autor ha dejado de saber qué hacer con él. Otro ejemplo lo podemos ver en La daga de la ceguera, segunda entrega de la saga El portador de luz de Brent Weeks: en esta novela, un personaje que parecía ser de vital importancia, tanto por lo que hace como por lo que no, es asesinado de la manera más tonta y vil que se puede imaginar. Así, sin más, un personaje trascendente abandona la novela. Como lector, sólo pude pensar que al bueno de Weeks se le había ido de las manos y no sabía que hacer con él.

Pero hay otra alternativa mucho más interesante: obligar al personaje a cambiar. Esto significa sacarlo de su zona de confort, cambiar de forma tan radical sus circunstancias que tenga que reconvertirse, resurgir de la nada como el ave fénix. Como creador, me parece un estímulo fascinante que todos deberíamos probar alguna vez. Estos cambios pueden surgir como chispas repentinas en las que el propio escritor piensa: ¡La leche! ¿Y si hago esto? Y va y lo hace. Después, se sienta a ver qué pasa, cómo responde su personaje. Al sacarlo de su espacio conocido, el autor sale del suyo propio, obligándose a su vez a plantearse nuevas dudas, nuevos giros o nuevos escenarios para esa criatura y todas las que le rodean. Generalmente, esto enriquece la historia, dándole una mayor profundidad y aportando un plus de calidad porque también al lector le hace espabilar, cambiar su forma de pensar y tener que empezar a especular de nuevo sobre el futuro.

Y es que cuando en una novela el elenco de personajes se dispara, es normal que pasen cosas como esta. Es responsabilidad del autor tomarse muy en serio la decisión a tomar, pues puede afectar a la impresión global que el lector se lleve de la obra. La segunda siempre es más interesante en todos los aspectos, pero a veces no queda más remedio que cortar el problema de raíz y pasar al díscolo personaje por la guillotina (puede que incluso estuviera destinado a ello desde el primer esbozo de la historia).

Jorge Martínez le cortó la mano a su personaje (aparte de otras mil barrabasadas a otros tantos amigos suyos) y Weeks decidió matar al suyo.

¿Qué opción te parece más adecuada cuando un personaje decide vivir su vida a su manera?

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