Hacía mucho tiempo que no me topaba con una novela tan peculiar como La Estación de la Calle Perdido, y ha sido todo un descubrimiento.Comencé el libro sin tener muy claro qué me iba a encontrar entre sus páginas. Poco a poco, Miéville me iba introduciendo en Nueva Crobuzon, una ciudad a medio camino entre la decadencia y el esplendor, hogar de infinidad de especies de todo tipo. Las descripciones son una delicia y la ciudad se convierte en uno de los principales protagonistas de la historia.
Con ese ritmo, sin prisa pero sin pausa, que lleva la trama se va desentrañando un vasto espectáculo argumental en el que cada suceso tiene su razón de ser y nada ocurre porque sí. El final es sencillamente abrumador, cuandose nos plantea un dilema moral entre el humano protagonista, Isaac y su inesperado compañero de fatigas, un garuda llamado Yargharek. Sin duda, de las mejores páginas de la novela.
Si bien reconozco que en algunos momento se me hizo largo, y hay fragmentos que podía haber cortado bastante o, simplemente, eliminarlos, el sabor de boca que me deja la lectura es el de haber disfrutado una novela que está destinada a convertirse en un clásico de esos difíciles de clasificar pues, aunque está considerado cifi, me sumo a los que opinan que barre más hacia la fantasía ciberpunk.

En resumen, un libro altamente recomendable y de esos que no se deben dejar pasar.

Hay dos novelas más centradas en el mundo de Bas-Lag en el que está desarroda ésta, La cicatriz y El Consejo de Hierro que, sin duda, acabarán en mi biblioteca.

Ahora empiezo El sacrificio de las almas gemelas, segunda entrega de Los Héroes Malditos, del autor vasco Alfonso Cea. Yo iré contando…

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