Cuando todavía La sombra de Pranthas anda por ahí de paseo a la espera de que algún editor tenga a bien editarla, ya me he puesto al tajo con otra novela, que todavía no tiene título definitivo pero que tendrá también como protagonista al hechicero Árgoht. Esta novela será más compleja y posiblemente más larga que la anterior, y espero poder volcar en ella todo lo que he aprendido durante la redacción de LSdP. Para ir abriendo boca, os dejo un fragmento de ella. Aún no he decidido si será el prólogo o el primer capítulo…Aviso que aún no ha sido revisado, así que está casi puro, sin pulir. De entrada, pido disculpas por los posibles errores.

Ahí va:

El sol ya brillaba entre los pliegues de las gruesas cortinas del dormitorio cuando Renak abrió los ojos al nuevo día. Permaneció en la cama aún un rato más, disfrutando de la sensación de aturdimiento que se iba desvaneciendo mientras la consciencia ocupaba su sitio. Por fin, se desperezó y se sentó en la cama cuyas sábanas de seda estaban esparcidas por el suelo. Había sido una noche movida. Se levantó y comenzó el ritual de todos los días. Se aseó en la jofaina con agua fresca que descansaba junto a la cómoda, se vistió con unos pantalones de seda marrón y una túnica corta también de seda, pero de color gris. Se echó al cuello una ligera capa y salió a los pasillos.
El sótano estaba tan fresco como siempre y tan oscuro como a él le gustaba. Era una sensación muy curiosa, una gran contradicción vital, que fuera luciera un sol espléndido mientras allí se cernía la más negra de las noches. Y era en ese lugar donde más a gusto se encontraba, entre sombras apenas horadadas por la luz de las antorchas imprescindibles para poder ver. A veces, las apagaba todas para quedarse a oscuras, quieto en su gastado sillón escuchando el silencio que tanto le gustaba. El resto del castillo le resultaba con frecuencia demasiado ruidoso. Prefería estar allí, entre sus libros, sus estudios y sus amigos de verdad.
Como cada día, se sentó en su escritorio y acercó una vela al enorme libro que tenía delante. Estaba encuadernado con unas espléndidas tapas de piel natural, aunque él no sabría decir a qué animal habían pertenecido. Sus páginas de color marfil tenían la textura y el olor del papel recién escrito. Era un gran placer sentarse allí y mirarlo, simplemente, antes de abrirlo y consultarlo una vez más. Podía pasarse horas así, mirando sólo las tapas, pero hoy tenía otras cuestiones que atender y no podía entretenerse mucho, por más que quisiera haber relegado todas sus obligaciones con tal de poder quedarse todo el tiempo que quisiera.
Con exquisito cuidado, abrió el libro. Sería como cada día: echaría un vistazo, comprobaría que todo estaba como debía estar y volvería a su vida, hasta olvidaría que el libro existía hasta el día siguiente. En ocasiones, no tenía oportunidad de bajar. Esos días, el tiempo transcurría a paso lento, como si se arrastrara. Era una agonía constante que sólo se aliviaba cuando por fin podía acudir allí y abrir su libro.
Pasó algunas páginas, muy despacio, disfrutando del momento, mientras buscaba lo que necesitaba y, cuando por fin lo encontró, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. Se puso en pie de un salto, tirando la silla de madera negra, con los ojos desorbitados mientras cerraba el grueso tomo de un manotazo.
¿Había sido real, o se lo había imaginado? No, el libro no mentía. Volver a abrirlo era un riesgo inútil, la información sería la misma. Renak, sintió una gota de sudor recorrerle la columna vertebral bajo los caros ropajes mientras un escalofrío le erizaba el vello de los brazos.
Salió corriendo de su estudio como si la mismísima muerte lo estuviera persiguiendo.

Un buen rato más tarde, aún con el miedo en el cuerpo, Renak recorría las calles de Quindarst escondiéndose en cada esquina para comprobar que nadie lo seguía ni reconocía su rostro. Se había cambiado de ropa, vistiéndose con una camisola gastada y unos pantalones de cuero viejos que usaba para viajar y que terminaban en el interior de unas botas más usadas aún. Se cubría el rostro con la capucha de una gruesa capa de piel que dejaba en sombras sus facciones. Estaba casi seguro de que nadie lo reconocería, pero aún así prefería no arriesgarse.
Tuvo que caminar un buen rato hasta que salió del Barrio de la Esperanza, el pomposo y estúpido nombre que le habían puesto a la zona que albergaba el castillo y los jardines reales, hasta llegar a otra zona con un nombre más propio: La Mugre. Con este nombre se englobaba a una parte bastante amplia de la ciudad y su nombre era de lo más adecuado, pues las ratas y el moho eran los gobernantes absolutos.
No conocía demasiado bien La Mugre, pero se movía por sus calles con solvencia y la confianza de quien sabe a donde va. Por el camino se cruzó con todo tipo de gente: vendedores de baratijas, viejas y sucias, mendigos, prostitutas, borrachos tirados por el suelo…Y aún era temprano. El verdadero movimiento comenzaría al caer el sol.
Nadie reparó en él, luego sus precauciones eran inútiles. Aún así, no podía dejar de mirar a todas partes, sabedor de que su presencia allí sería discutida. Por fin, llegó a su destino y se detuvo ante una vieja casa de madera que parecía estar a punto de dejarse llevar por la llamada de la tierra. De hecho, sólo se mantenía en pie porque las casas de los laterales, más fuertes y modernas, la mantenían erguida.
Renak tocó suavemente con los nudillos y la puerta se abrió sola, puesto que ninguna cerradura la mantenía fija. Dentro, la oscuridad era casi total, a pesar de ser plena mañana. La estancia no tenía ventanas y la única fuente de luz era la producida por una pequeña estufa alimentada con leña. Un tubo medio podrido extraía el humo y le daba salida al exterior a través de un agujero en el techo. La casa era apenas un cuartucho que parecía haber sido invadido por la mugre que le daba nombre al resto del barrio. Renak prefería no tocar nada ni investigar lo que quedaba fuera de la pequeña zona iluminada. Lo que le interesaba estaba justo ante él. Recortada contra la luz de la estufa, una mecedora se balanceaba lentamente, sin hacer ruido alguno. No se distinguía ningún detalle, ni del mueble ni de la persona que se sentaba en ella, de espaldas a la puerta.
– ¿Qué haces aquí? – la voz era aguda y rota, como si la generase una garganta poco acostumbrada a hablar. Renak creía poder oler el hedor de su aliento desdentado desde allí, a varios metros de distancia, pero no estaba seguro de que no fuera un engaño de sus sentidos fruto de la repugnancia que le producía aquel lugar – Te arriesgas mucho viniendo aquí. Ya no recuerdo cuando fue la última vez.
– Eso no importa – dijo el hombre -. Ahora necesito tu ayuda.
Hubo un rato de denso silencio antes de que la mujer volviera a hablar.
– Sabes cuál es el precio.
Renak sacó una bolsa tintineante y la arrojó a los pies de la mecedora. Al caer se abrió y, a la luz de la llama, brillaron al esparcirse por el suelo un puñado de monedas de plata.
Con extrema lentitud, la mujer se agachó para recoger una por una las monedas y volver a meterlas en el saco. El hombre pudo ver las manos de una anciana, de piel arrugada y oscuras venas que sobresalían como peñascos. Las uñas, largas y rotas, arañaban el suelo de madera podrida.
– Bien – dijo girando poco a poco la mecedora hasta situarse frente a su visitante -, ¿para qué podrías necesitar la ayuda de la vieja Krega esta vez?
La mujer estaba aún más envejecida que la última ocasión que la había visto. Su piel parecía papel mojado, arrugado y pálido, que dejaba entrever todas sus venas. Casi podía verse la sangre palpitando a través de ellas. Su sonrisa era una cueva oscura de la cual los dientes habían desaparecido a saber cuántos años atrás. El pelo era apenas una mata de hilos blancos desperdigados por el cuero cabelludo.
Vestía una capa polvorienta y llena de parches, tan vieja como su dueña.
– Necesito que mires en tu…bola – Renak no podía evitar sentirse nervioso ante aquella mujer, a pesar de todo.
– ¿No consigues ayuda de tu…amigo? – el tono de la vieja estaba rozando la burla.
– Esto no puedo pedírselo a él, no confío en su discreción.
– ¿En la mía sí?
Renak prefirió no contestar la pregunta capciosa.
– Hazlo – dijo él en un tono más duro.
– Vaya, el guapetón viene con energías hoy – se burló la vieja. A pesar de ello, comenzó a levantarse muy lentamente. Renak tuvo la sensación de estar observando a un árbol mientras crecía. Parecía que nunca iba terminar de ponerse en pie y, aún cuando consiguió sostenerse, apoyada en un bastón de madera basta, su espalda permaneció arqueada de tal forma que no podía erguirse del todo. Renak no sabría decir si le inspiraba más asco, desprecio o pena. El tiempo parecía haberse detenido en aquel antro cuando por fin la mujer llegó a su destino. De un pequeño mueble sacó una masa de trapos que envolvía un objeto del tamaño de un melón mediano. Con él en la mano y con otro largo periplo, volvió a su mecedora y se sentó con un suspiro de cansancio.
– ¿Qué necesitas ver, exactamente?
El hombre relató a la anciana lo que había ocurrido esa misma mañana. Un nuevo latigazo de temor recorrió su espalda, poniendo todos sus nervios de punta.
– Así que el Libro te ha hablado y no te ha gustado lo que te ha dicho, jeje.
La risa de Krega era como papel de lija rozando un bloque de granito. Entonces, puso las dos manos sobre el amasijo de trapos y comenzó a tirar de varias puntas con exquisito cuidado. A pesar del aspecto y de los años que debía tener, su pulso era firme y sereno como el de una jovenzuela. En unos minutos quedó a la vista lo que escondían aquellas sucias telas. Sobre su regazo reposaba una perfecta bola de cristal, negra como la noche y sin brillo alguno. Más que reflejar la escasa luz, parecía absorberla.
La mujer posó de nuevo las manos sobre la bola y la acarició con cariño mientras una sonrisa boba se le dibujaba en el rostro y una gota de saliva se escapa de ella para ir a caer entre los trapos y perderse para siempre.
En un segundo, la bola cambió. Un punto de luz apareció en el centro, en lo que parecía ser muy al fondo, difuso y apenas perceptible. Pero enseguida el resplandor creció y poco a poco se fue extendiendo por todo el volumen de la bola hasta congregarse en torno a las palmas de las manos de la anciana apoyadas sobre su parte superior. Cuando el resplandor hubo ocupado en efecto toda la bola, Krega lanzó un breve gemido y sus ojos se pusieron en blanco. A pesar de eso, miraba el objeto con tal intensidad que parecía querer comprender todos los misterios del Thera sólo mirándolo. Renak, sin embargo, no veía nada. El resplandor fluctuaba como si una densa niebla estuviera contenida en el interior de la esfera, pero sus ojos no distinguían nada en ella. Si la mujer estaba observando algo, a él no se le mostraba y su inquietud crecía a medida que pasaba el tiempo y Krega no despegaba sus manos. Seguía allí clavado, de pie, sin atreverse a moverse ni hablar por miedo a romper el trance.
De pronto la mujer comenzó a agitarse. Empezó con un breve fruncimiento de la frente, como si estuviera viendo algo que no podía entender. Sus manos, hasta ese momento apoyadas relajadamente sobre el cristal, se crisparon resaltando aún más sus venas oscuras. Entonces, de pronto, la vieja lanzó un grito y soltó la bola, que cayó al suelo con un golpe seco y se quedó allí, quieta, sin rodar en ninguna dirección. El cuerpo de Krega comenzó a convulsionarse y apoyó la espalda bruscamente en el respaldo del sillón. Sus ojos seguían con la mirada perdida.
Renak se asustó, pero no por la salud de la mujer, sino por el temor de que muriera sin decirle lo que había visto. Superando su repugnancia, apoyó las manos sobre sus hombros para intentar detener las convulsiones.
– ¡Krega! ¡Reacciona! – el hombre la sacudió con más fuerza de la que esperaba, pero no obtuvo reacción. La mujer parecía estar a muchos kilómetros de allí.
Volvió a sacudirla, golpeando su espalda contra el sillón. Tan frágil era la mujer que con sus manos Renak sólo sintió huesos bajo la piel. Parecía no tener músculos y temió romperle el cuello con las sacudidas.
Por fin, Krega reaccionó. Sus iris y pupilas volvieron a su sitio y las convulsiones remitieron. La respiración de la mujer se fue tranquilizando poco a poco y Renak la soltó con alivio de poder quitar sus manos de aquellos hombros que parecían sostenerse en un cuerpo muerto.
– Krega, ¿me oyes? ¿Qué has visto?
La mujer tardó tanto en responder que el hombre pensó que se había ido para siempre. Pero de pronto sus manos comenzaron a temblar y su ojos a moverse en todas direcciones. Renak temió que hubiera perdido la razón.
– ¿Qué has visto? – volvió a preguntar ansioso.
Esta vez Krega respondió con un hilo de voz apenas perceptible.
– Un hombre. Un poder inconcebible.
Entonces la vieja recuperó la cordura y miró a su visitante con mirada decidida. Pero además de decisión, en sus ojos había un profundo miedo.
– He visto unos ojos color violeta…y ellos me han visto a mí.

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